Hemos celebrado unos días de mucha alegría, pues hemos recordado que el Salvador nos ha nacido y ha iluminado nuestras vidas. Durante la octava de Navidad, es decir, los ocho días posteriores a la Navidad, la liturgia nos irá mostrando a varios testigos de Cristo, los cuales fueron capaces de dar su vida por Cristo.

Hoy celebramos el Martirio de San Esteban, quien fue capaz de dar testimonio de la vida de Cristo. En Hch 6 y 7 se nos narra cómo y por qué fue martirizado San Esteban. Tuvo el privilegio de ser el primer mártir que derramó su sangre por proclamar su fe en Cristo, no se echó para atrás en la persecución, sino que fue capaz de sostener su amor por el Señor hasta el final.

Suena paradójico que ayer celebrábamos el nacimiento de Jesús y hoy celebramos ya el martirio de San Esteban. Pudiera parecernos contradictorio un día celebrar la vida y al día siguiente la muerte. No es contradictorio porque, hoy con el martirio de San Esteban, celebramos su nacimiento a la vida eterna.

Sabemos que San Esteban era uno de los siete jóvenes diáconos que fueron elegidos por la comunidad y confirmado por los Apóstoles como ayudante de la Iglesia de Jerusalén y servidor de todos.

También sabemos que San Esteban pronunció un discurso ante los miembros del Sanedrín en el que fue repasando la historia del pueblo de Israel, echándoles en cara a los judíos su eterna oposición a los profetas y enviados de Dios, llegando incluso a matar al más importante de todos ellos, el Redentor Jesucristo. Oyendo esto, los miembros del Sanedrín se enfurecieron, les molestó mucho que les dijeran sus verdades delante de todos.

¿A quién le gusta que le digan el mal que han hecho? Y lo que hizo que estallaran en furia fue cuando San Esteban, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente al cielo exclamando: “Estoy viendo los cielos abiertos y al Hijo del hombre en pie a la derecha de Dios”. En ese momento, los que le escuchaban se lanzaron contra él.

Esteban fue fiel a la misión que recibió. Los verdugos lo sacaron fuera de las murallas, le quitaron su manto y sus vestiduras y se las dieron a un joven llamado Saulo, quien más tarde será San Pablo, y comenzaron a lanzarle piedras hasta matarlo. Un gesto muy importante a tener en cuenta es que mientras lo apedreaban, él moría perdonando a sus verdugos, tal como lo hizo Jesús en la cruz.

De San Esteban podemos aprender muchísimo: la fidelidad a la misión recibida, la perseverancia en medio de las pruebas y dificultades, el perdón sincero a sus enemigos y verdugos, entre otras muchas cosas.

Pienso en cuántas veces las dificultades, en lugar de que nos sirvan para dar testimonio de Cristo y ganarnos el cielo, nos vencen ellas mismas y por ello nos alejamos de Dios. Qué importante es dar testimonio fiel del amor a Cristo y este testimonio hacerlo vida perdonando a nuestros enemigos.

Dice San Agustín: “Sin la oración de San Esteban, la iglesia no hubiera contado con San Pablo entre sus miembros”. Recordemos que, cuando San Esteban muere perdonando a sus verdugos, ahí se encontraba Saulo, su testimonio fue ya preparando el corazón de aquel hombre, quien más tarde sería llamado por Jesús a su seguimiento.