En medio de todas las dificultades de la vida, no estamos solos. En María, podemos contemplar a nuestra Madre, a quien le pedimos que guíe nuestros pasos para poder realizar la Voluntad de Dios.

Hoy, al celebrar la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, se nos invita a no perder la esperanza en la resurrección, pero también a prepararnos cuidándonos para la vida entera. Todos estamos llamados a participar plenamente en la victoria del Señor sobre el pecado y sobre la muerte y a reinar con él en su Reino eterno.

Al decir que María es asunta quiere decir que: “La Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo” (LG 59). Es decir, María ya se encuentra en cuerpo y alma en el cielo gozando de la presencia del Altísimo. Esto es un Dogma que proclamó el Papa Pio XII en 1950.

El Papa San Juan Pablo II en 1997, cuando hablaba de este Dogma, explicaba que

mientras para los demás hombres la resurrección de los cuerpos tendrá lugar al fin del mundo, para María, la glorificación de su cuerpo se anticipó por un singular privilegio.

¿Qué podemos aprender nosotros hoy de esto? Las lecturas del día de hoy nos dan una luz de cómo debemos vivir y prepararnos para este encuentro final. Muchas veces, y lo digo con tristeza, sólo nos preocupamos por lo material, lo externo, lo que el mundo me exige; pero poco nos preparamos para estar espiritualmente listos.

En la primera lectura de hoy, tomada del Apocalipsis, escucharemos la visión de la lucha entre la mujer y un enorme dragón con siete cabezas y diez cuernos. La figura de esta mujer que representa a la Iglesia, aparece por una parte gloriosa, pero por otra, con fuertes dolores. Esto nos debe abrir a la realidad de que, por una parte, la Iglesia ya goza o participa de la Gloria del Señor en el cielo, pero a su vez, se encuentra en pie de lucha en medio de las pruebas, tentaciones y combates con el enemigo en este mundo.

María siempre será nuestra intercesora, nos acompaña, nos fortalece, nos guía hasta su Hijo Jesucristo. Recordemos que el Padre Pio insistía mucho que el rosario es la mejor arma del cristiano. Te invito a que incrementes tu devoción a María, ella intercede por nosotros ante su Hijo Jesucristo.

Por otra parte, en el Evangelio, tomado de Lc 1, 39-56, escuchamos el bellísimo Magníficat que se proclama cuando María, una vez esperando a Jesús en su vientre, va a servir a su prima Isabel. Es un cántico en el que la Virgen María expresa su grande alegría por todo lo que Dios ha hecho en su humilde esclava.

Este cántico nos debe abrir a la esperanza, la cual es una virtud que nos mueve a esperarlo todo de Dios, es la virtud que nos ayuda a mantenernos firmes en medio de las pruebas y dificultades, que nos alienta a no desfallecer en las luchas y contrariedades de la vida. Dice el Papa Francisco que el Magníficat

es el cántico de tantos santos y santas, algunos conocidos, otros, muchísimos, desconocidos, pero que Dios conoce bien: mamás, papás, catequistas, misioneros, sacerdotes, religiosas, jóvenes, también niños, abuelos, abuelas, estos han afrontado la lucha por la vida llevando en el corazón la esperanza de los pequeños y humildes.

Esto tiene mucho sentido para nosotros, ya que en medio del mundo en el que vivimos, tantas cosas nos quieren robar la esperanza, pero debemos mantenernos firmes en el Señor, en la esperanza en la vida eterna. Celebrar hoy la Asunción de María nos llena de alegría porque es la prueba de que Dios ha vencido y de que la vida ha vencido sobre la muerte. Nunca nos desanimemos por lo que pasemos, pues el amor siempre es más fuerte que la muerte.