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¿Cómo entender los planes de Dios en nuestra vida? ¿Acaso Dios juega a las escondidas?

Cuando nos va muy bien en la vida y las cosas nos salen como nosotros queremos, es muy fácil agradecerle a Dios. Pero, cuando las cosas, tal como suceden, no las entendemos y nos las queremos, cómo nos cuesta descubrir la presencia de Dios en ellas.

Lo anterior nos puede llevar a una actitud arrogante que reclame y exija explicaciones, mientras que, para entender los planes y los designios de Dios, necesitamos la sencillez de corazón. Hoy el Evangelio de Lc 10, 21-24 nos habla del encuentro de Jesús con sus discípulos que llegan contentos tras una misión realizada con amor.

En aquella misma hora Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: “¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: “Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron”.

En este trozo del Evangelio vemos cómo Jesús se contagia de su alegría, no sólo por el aparente éxito de su misión, sino que su profunda alegría es porque son capaces de reconocer el don de Dios pues tienen un corazón sencillo.

Jesús los llama “pequeños o gente sencilla”. ¿Quiénes son los pequeños? Son los setenta y dos discípulos (Lc 10,1) que vuelven de la misión: padres y madres de familia, chicos y chicas, casados y solteros/as, viejos y jóvenes. En ellos estamos representados todos, que por el bautismo estamos llamados a llevar la Buena Nueva del Evangelio. Ellos no son doctores ni letrados, sino personas sencillas de corazón que han sabido entender el plan de Dios

Muchas veces en el mundo en que vivimos, el éxito se basa en títulos, estudios, especialidades académicas, posición social o económica. Hoy Jesús nos llama a prepararnos en este Adviento cultivando la humildad y la sencillez de corazón para poder abrirnos al don de Dios, para poder vivir con alegría y esperanza la venida del Señor y poder así, ser testimonio de Cristo.

Ten mucho cuidado, porque cuando nuestro corazón está lleno de arrogancia, autosuficiencia, intereses mezquinos y afanes de dinero o fama, nunca podremos reconocer al Dios que viene y ya está entre nosotros, porque nuestra soberbia no dejará lugar para Dios en nuestro interior.

¿Cómo conquistar la humildad? Conocerse, aceptarse, olvidarse de sí y darse a los demás.

Conocerse:

Debemos conocer la verdad de uno mismo. Es difícil, ya que la soberbia nos enmascara lo que somos, nos ciega la conciencia, justifica siempre nuestras faltas y embellece nuestros errores. El orgullo hace que le echemos siempre la culpa a los demás y nos creamos perfectos e invencibles.

Aceptarse:

Una vez que nos conocemos a la luz del Espíritu Santo, debemos aceptar nuestra realidad, es difícil, porque no nos gusta lo que debemos de cambiar. Debemos aceptarnos no resignarnos. Si no aceptamos nuestra enfermedad espiritual nunca podremos curarnos de ella. La aceptación me debe llevar al cambio, a la lucha constante por esa pasión dominante que me arranca las fuerzas y me debilita, por eso aceptarse no es lo mismo que resignarse; aceptarse me lleva al cambio, la resignación a no hacer nada por cambiar.

Olvidarse de sí:

La soberbia me invita a que el mundo gire en torno a mí, cuántas veces nos volvemos indiferentes a las necesidades ajenas y vivimos encerrados en nuestros problemas o éxitos. Este olvido de mí me deberá abrir a lo más importante, darme cuenta de que hay otros que me necesitan.

Darse a sí mismo:

Es vivir en la caridad. Una persona verdaderamente humilde se desborda en amor, caridad y entrega a los demás; sin importar quién es, cómo es.

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