Cuando sufrimos y le pedimos a Dios se ayuda, queremos que nos conteste rápido y a nuestro modo. Pero, en ocasiones, pensamos que Dios no nos escucha o es indiferente a nuestras oraciones, ya que no lo percibimos y no entendemos lo que nos pasa, más cuando es una tragedia. Te comparto la siguiente historia:

En cierta ocasión, el único sobreviviente de un naufragio, llegó a la playa de una isla muy pequeña y deshabitada. Pasaba los días buscando alimento y donde refugiarse para protegerse de los intensos rayos de sol. Entre los objetos que tenía consigo se encontraba una pequeña cruz tallada que colgaba de su cuello, era un regalo que su madre le había hecho antes de fallecer. Cuando la desesperación y la angustia llegaban, no hacía más que apretar su cruz con mucha fuerza. Entre lágrimas y gritos miraba al cielo, orando a Dios y pidiéndole ser rescatado.

 Los días y los meses pasaban sin ser rescatado y la ayuda parecía que nunca iba a llegar. Cansado y ya sin esperanza de que alguien lo rescatara, decidió construir con palmas y ramas una cabaña donde pudiera vivir.

Un día, al regresar de haber ido a buscar alimento, encontró que su cabañita se consumía por las llamas del fuego, el cual subía hasta lo alto del cielo. En ese momento, se desplomó al suelo, se echó a llorar y pensaba que ya todo estaba perdido, se había quemado lo poco que tenía. Comenzó a pasar del llanto al enojo y la rabia, los cuales envenenaron su corazón. Volteó al cielo y gritó: “Dios ¿Cómo pudiste hacerme esto?”.

Al día siguiente, muy temprano, escuchó el sonido de un barco que se acercaba a la isla, se sorprendió cuando se dio cuenta de que habían ido a rescatarlo. Les preguntó a los del barco: “¿Cómo supieron que estaba aquí?” y ellos contestaron: “Vimos su señal de humo en el cielo”.

Cuando las cosas no suceden como nosotros queremos o cuando experimentamos algo doloroso, es momento de aferrarnos a la fe y confiar en el Señor. San Pablo dice: “Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman, de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rm 8, 28). Nunca olvides que Dios siempre vela por nosotros, aún en medio del panorama oscuro y desolado. Si tu vida está siendo consumida por las llamas del miedo, la desesperación o la tristeza, no olvides que Dios nos lleva siempre de su mano, confía en Él, todas las cosas suceden para algo.