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Aprende la diferencia entre poder y autoridad ¿Qué ejerces tú?

Queridos hermanos el Evangelio del día de hoy tomado de Mc 1, 21-28 nos invita a contemplar la Persona de Jesús, junto con sus actitudes y su forma de predicar, el cual lo hace con autoridad. Hoy aprenderemos 3 cosas: no es lo mismo el poder que la autoridad; la autoridad de Jesús provenía de su manera de vivir, es decir, de su testimonio de vida; y que Jesús viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes.

No hay otro camino para llegar a la santidad que el camino de Jesús, dejarnos cautivar por su Palabra, transformar por su gracia y guiar por su ejemplo. Lo primero que quiero que reflexionemos es que no es lo mismo el poder que la autoridad. El poder nace siempre de la necesidad de tener más para ser más ante los demás, mientras que la autoridad reconoce humildemente lo que se es para ponerlo al servicio de los demás; el poder se expresa en fuerza, mientras que la autoridad en ejemplo y autenticidad; el poder se arrebata por la fuerza; mientras que la autoridad es conferida por la comunidad; el que tiene poder se impone, mientras que el que el que tiene autoridad se acepta voluntariamente por los demás; el que tiene poder inspira temor y terror, mientras que el que tiene autoridad inspira respeto y confianza; finalmente, el que tiene poder en la práctica intimida para forzar a los demás a actuar, mientras que la autoridad es el arte de conseguir que los demás hagan las cosas por decisión personal.

Y tú, ¿Tienes autoridad o sólo poder? Hay que tener cuidado porque el poder no transforma, no cambia, no genera bienestar y no libera, sólo hace corazones amargados y resentidos; mientras que la autoridad genera amor, libertad y ganas de trascendencia.

Los santos, los famosos que lograron grandes cosas, los empresarios y los jefes que obtuvieron grandes empresas, fueron los que tenía autoridad y no sólo poder. Qué mejor ejemplo el que hoy nos pone el Evangelio, a Jesús, quien enseñaba con autoridad y no como los escribas. Para los escribas, quieres eran un grupo de eruditos y de gente instruida, la autoridad se centraba en la Ley, pero aplicada de una manera aplastante y fría; mientras que Jesús la enseñaba de una manera distinta, con autoridad, es decir, con amor, con ejemplo, con testimonio, de cara a las personas, a favor del más necesitado, con una vida coherente y transparente.

Su vida y sus palabras transmitían algo nuevo, su autoridad estaba expresada en su ejemplo, en sus palabras, en sus retiradas a orar a solas, en sus enseñanzas llenas de caridad y no de odio. Nadie puede transformar si antes no ha sido transformado, nadie puede enseñar lo que no conoce. La manera de vivir de Jesús despertaba algo distinto en ellos, encontraban en sus palabras y en sus gestos: la verdad, una preocupación por los otros, compasión por el débil, ganas de ayudar al necesitado, etc.

Hoy, la autoridad de Jesús nos invita ardientemente a vivir de una manera auténtica, no con poder sino con autoridad. Finalmente, aprendemos que Jesús viene a liberarnos de todas nuestras esclavitudes, así como sanó al que se encontraba poseído. Muchos de nosotros hoy también necesitamos de esta liberación de Jesús porque estamos poseídos por tantos vicios, tantos pecados, tanta arrogancia, tantos resentimientos de nuestro corazón, tanta soberbia, tanta avaricia, tantas miradas deshonestas, tanta infidelidad, todo esto no nos permite vivir con coherencia ni en plenitud.

Por todo, pidámosle a Jesús dos cosas: que nos libere de todo aquello que nos impide ser coherentes y que nos regale la autenticidad de vida, para que no busquemos sólo el bien personal, sino el bien de los demás.

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