Todos buscamos siempre la felicidad, sólo que en ocasiones no logramos alcanzarla por ciertas heridas no resueltas en nuestro interior. El rencor, el odio y el resentimiento son las manifestaciones del peor cáncer que el hombre puede vivir, el cáncer del corazón herido que no quiere perdonar. Nuevamente hoy el Señor nos invita a vivir el perdón como una condición necesaria para nosotros ser perdonados, y yo diría que es una condición necesaria para poder experimentar verdaderamente la libertad.

El Evangelio que hoy reflexionamos está tomado de Lc 6, 36-38:

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Sean misericordiosos, como su Padre es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará: recibirán una medida buena, bien sacudida, apretada y rebosante en los pliegues de su túnica. Porque con la misma medida con que midan, serán medidos”.

El Señor, al hablarnos de las condiciones para la felicidad, no se limita a darnos buenos consejos solamente; sino que es duro y directo, nos habla de 5 elementos necesarios para poder alcanzar dicha felicidad: ser misericordioso, no juzgar, no condenar, perdonar y entregarse

Todos estos elementos, practicados y vividos a conciencia nos llevan a la paz del corazón y la felicidad plena. Aunque debemos tener muy en cuenta de que lo que favorece todas estas actitudes es el perdón, ya que éste es la condición necesaria para que seamos felices, ya que nos invita a saber perdonar nosotros a los demás, haciéndolo podremos ser misericordiosos, no juzgaremos, no condenaremos y nos podemos entregar con facilidad. En cambio, cuando seguimos heridos y lastimados, será imposible actuar así.

En este tiempo de Cuaresma debemos favorecer nuestra conversión. ¿Cómo? Reconociéndonos nosotros los primeros pecadores. El que se cree santo, no se convierte; el que se tiene por rico, no pide; el que cree saberlo todo, no pregunta… nosotros debemos reconocer humildemente, delante de Dios, nuestra condición de pecadores.

¿Cómo podríamos ilustrar nuestra vida cuando nos negamos a perdonar a quienes nos han ofendido? Imagínate que te encuentras en una cárcel. Cuando observas con detenimiento a tu alrededor, te percatas que hay muchas celdas. En cada una de ellas, puedes reconocer a cada una de las personas de tu pasado que te han lastimado y que se encuentran encarceladas.

Ves a tus padres que te hirieron con su indiferencia, ves a los que un día fueron tus amigos pero que en algún momento de la vida fueron injustos contigo. Ves también aquella persona que te violentó físicamente, que te insultó verbalmente, que te ridiculizó ante los demás, que te humilló con sus actitudes. En otra celda alcanzas a reconocer a quien te violó o que acabó con tu dignidad.

Esta prisión, la cual se encuentra en tu imaginación, es una habitación de tu propio corazón. Esta cámara fría, oscura y deprimente se encuentra en tu interior todos los días. Sin embargo, a lo lejos, alcanzas a reconocer que también está ahí Jesús, se encuentra parado, y te ofrece una llave para que puedas liberar a todos esos presos.

Te parece absurdo cómo te ofrece una llave para que los liberes, si ellos son los que te han ofendido y lastimado. Todos ellos te han herido fuerte y gravemente, eran consciente de que lo hacían y aun así lo siguieron haciendo. Por tanto, te enojas con Jesús, te das media vuelta y te vas. No quieres aceptar eso que Jesús te está pidiendo, ves la llave en su mano y no quieres hacerlo.

Pero ¿Qué sucede? Cuando intentas salir e irte, te das cuenta de que no hay una salida. Estás atrapado adentro con los demás presos. Tu falta de perdón, tu enojo y tu amargura te han transformado en prisionero a ti también. Ahora te das cuenta de que tu libertad depende de tu perdón.

Lo sé muy bien, perdón implica soltar y también implica tomar riesgos, pero también sé que te da la libertad. Cuando perdonas, le entregas a Dios a las personas que te han hecho mal y Él se encarga de solucionar las cosas. No tengas miedo, hoy el Señor nos invita a limpiar nuestro pasado, liberar a todos los presos de nuestro corazón para que también nosotros, a la vez, podamos experimentar esa libertad. Recuerda que tu libertad depende de tu perdón.