Cuando buscamos alcanzar un buen puesto, nos esforzamos al máximo para conseguirlo. En la vida espiritual debería ser igual, esforzarnos al máximo para alcanzar la santidad. Todo en la vida tiene exigencias, retos, dificultades; pero, sobre todo, lo que verdaderamente vale la pena, nos cuesta trabajo e implica sacrificio para lograrlo, pero cuando lo consigues, te llenas de satisfacción y bienestar. Escuchemos lo que nos dice Lc 6, 20-26:

En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán. Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el Cielo.

Pues así trataron sus padres a los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”.

Escuchamos un evangelio duro de asimilar, ya que todos queremos ser felices, pero buscamos la felicidad conforme tengamos nuestro concepto de felicidad establecido, algunos lo entienden en: riqueza y dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, sexo y placer, etc. Pero hoy Jesús nos propone un camino totalmente diferente y nuevo para alcanzar la felicidad, nos da nuevos senderos para que podamos encontrar la plenitud en nuestro corazón. 

El Señor nos habla de 4 antítesis, por un lado, llama bienaventurados, es decir, dichosos y felices, a los pobres, a los que pasan hambre, a los que lloran y a los que son perseguidos por el mundo; mientras que reprocha y se lamenta de la vida de los ricos, de los que están saciados, de los que ríen y de los que son adulados por el mundo.

Estas cuatro bienaventuranzas son una fuerte invitación a desprendernos de todas esas falsas posesiones de nuestro corazón, las cuales son presentadas por el mundo como nuestra felicidad, pero en realidad no lo son, y hasta que no las eliminemos, no podremos dejar que Cristo habite en nuestro corazón, no podremos entrar en el camino del Señor hasta que no seamos verdaderamente pobres, hasta que nuestro corazón no tengo ningún tipo de apego.

San Pablo nos lo clarifica aún más en la primera lectura en la Carta a los Colosenses, ya que nos dice:

Pongan su corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra… Den muerte, pues, a todo lo que malo que hay en ustedes: la fornicación, la impureza, las pasiones desordenadas, los malos deseos y la avaricia, que es una forma de idolatría. Dejen todas estas cosas: la ira, el rencor, la maldad, las blasfemias y las palabras obscenas.

Hoy el Señor nos exhorta a llevar una vida de radicalidad, ya que sólo así podremos ser signos de contradicción en el mundo. Las exigencias del seguimiento del Señor implican el sacrificio de la renuncia incluso a lo más querido, el que sigue a Cristo debería estar dispuesto a dejarlo todo por amor a Él.

Pidámosle al Señor la valentía para desarraigar de nuestro corazón todos los apegos del mismo y podamos actuar en libertad para amarlo a Él con totalidad y fidelidad. También pidámosle a Dios que nos de la valentía para saber renunciar a todas las falsas posesiones de nuestro corazón, saber deshacernos de todos aquellos apegos que se han instalado y que no nos dejan tener un corazón limpio y, por lo tanto, no nos permiten ver y reconocer a Dios en nuestros hermanos.