Hoy más que nunca nuestro país y también el mundo entero necesitan un cambio, y uno que sea radical. Para poder llevarlo a cabo se necesitan hombres y mujeres valientes y decididos, que hablen con la verdad, que hagan violencia silenciosa con el ejemplo y el testimonio, que extirpen la corrupción en todos los niveles y estratos.

Esto mismo es necesario también realizar espiritualmente hablando. El mundo está necesitado de verdaderos líderes que tengan la capacidad de influir de manera positiva en la sociedad, impulsado por los valores y las virtudes. Desde luego que también se necesita valentía y decisión.

Hoy, Jesús, nuevamente nos impulsa en el evangelio a salir de nuestra falsa comodidad, en donde no se tiene el valor de denunciar la injusticia, donde estamos cómodamente instalados en una falsa paz. En el evangelio de hoy, tomado de Mt 10, 24-33, Jesús en varias ocasiones les dice a sus discípulos que no tengan miedo, ya que les dice: “no tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Teman, más bien, a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo”.

Con esto vemos que Jesús nos llama a 2 cosas especificas e igual de importantes:

Debemos tener valentía:

Para poder ser verdaderos discípulos del Señor, necesitamos no tener miedo y salir con valentía a proclamar la Palabra de Dios. Esto implica denuncia la injusticia, no podemos quedarnos callados y ser cómplices ante el dolor de nuestros hermanos, ante las injusticias que sobajan a los débiles, ante las opresiones que se están viviendo actualmente.

No podemos ser cómplices ante la explotación de muchos hermanos nuestros. Debemos tener la valentía que Jesús tuvo para vivir entregado a los demás, con todo lo que implica. Y digo valentía, porque hoy mismo, también el evangelio nos dice que “el discípulo no es más que el maestro”.

Y si somos verdaderos discípulos, si somos fieles, no podemos esperar algo distinto a lo que Jesús vivió. Pero tampoco pretendamos vivir un discipulado de apariencia, donde por quedar bien con el mundo, me amoldo a la injusticia, me vuelvo cómplice y también yo lastimo y entrego al mismo Cristo.

También necesitamos la valentía para saber apartarnos de todos aquellos que, aunque no matan el cuerpo, sí matan nuestra felicidad eterna, es decir, de todos aquellos que nos acarrean a la condenación, ya que dice Jesús que temamos a aquellos que pueden arrojar al lugar del castigo el alma y el cuerpo.

Debemos tener confianza en Dios:

Si nosotros somos fieles, vendrá, como ya lo dije, la persecución y las dificultades, pero si somos fieles a Dios, tengamos la seguridad de que Dios nunca nos abandonará. Por eso, bellamente, hoy nos dice el Señor: “A quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré ante mi Padre, que está en los cielos; pero al que me niegue delante de los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre, que está en los cielos”.

Esto quiere decir que el cielo no se gana con tres padres nuestros y dos avemarías, sino con la coherencia de nuestra vida y con la entrega generosa. Pudiéramos pensar que con alguna obrita de caridad ya me gané el cielo, pero si mi forma de actuar es incoherente, si llevo dobles vidas, si cometo fraudes, engaño en lo que hago o con los que vivo, si no soy capaz de defender mi fe, si no soy capaz de defender la vida, etc. No nos hagamos falsas ilusiones, el Señor no nos va a reconocer. Hoy, nos llama a corregir nuestra vida, a llevar una coherencia en nuestro obrar y a no tener miedo.

Así que ánimo, no tengamos miedo de seguir a Cristo, aunque haya dificultades, Él está con nosotros y nos protege de todo mal. Quiero terminar con unas palabras de San Juan Pablo II:

El mundo necesita ser tocado y curado por la belleza y la riqueza del amor de Dios. El mundo les necesita, no tengan miedo, necesita de todos nosotros para ser la sal de la tierra y la luz del mundo. No tengan miedo de seguir a Cristo por el camino de la cruz. No tengan miedo de ser santos, la santidad es siempre joven, como es eterna la juventud de Dios. Ningún miedo es tan grande, para ahogar completamente la esperanza que brota eterna en el corazón del hombre.