Reflexión Diaria EscritaReflexiones

¡Vaya locura la que Cristo nos presenta! Cómo podemos vivir las bienaventuranzas

Una de las paradojas de la vida es la búsqueda continua de la felicidad que tenemos los hombres, pero que no la buscamos en lo que verdaderamente nos la puede dar. Hoy escuchamos las bienaventuranzas en el evangelio de Mt 5, 1-12, en donde encontramos algunas formas de encontrar la plenitud de la vida y, por ende, la felicidad.

Las bienaventuranzas, vistas desde la óptica del mundo, es imposible vivirlas y es una completa locura lo que Jesús nos propone; pero, vistas desde la óptica de Dios, contempladas con los ojos de aquel que nos creó y sabe lo que nos da la verdadera felicidad, son todo un camino de santidad.

Antes de compartirles una reflexión de cada bienaventuranza, quiero prevenirte de dos tentaciones muy grandes:

  1. Aunque notemos toda una radicalidad evangélica en estas bienaventuranzas, sí podemos llevarlas a la práctica, ya que pudiéramos caer en la tentación de pensar que son absurdas en su propuesta, que están pasadas de moda y, por tanto, están fuera de nuestro alcance. Esto no es verdad, ya que en realidad son un autorretrato de la vida de Jesús, nos propone este ideal de vida porque él ya lo ha encarnado en su propia vida.
  2. Otra tentación que debemos de evitar al meditar en las bienaventuranzas es creer que las bienaventuranzas es una propuesta que nos promete la felicidad hasta en la otra vida. Esto es un error, ya que es un camino de plenitud y felicidad para esta vida, ya que la felicidad la alcanzamos cuando salimos de la dinámica del consumismo egoísta y cuando entramos en la dinámica del compartir. Por supuesto que, siendo felices y llevando una vida conforme a Cristo en esta vida, lograremos la santidad en la otra.

Teniendo, pues, en cuenta que las bienaventuranzas son un autorretrato del mismo Jesús, reflexionaré en las bienaventuranzas desde la vida del mismo Cristo:

Jesús es pobre de espíritu:

Bien sabemos que la vida de Jesús fue llevada en total pobreza, nació pobre, vivió pobre, en un pueblo olvidado, no tuvo herencia familiar. Su único tesoro es su Padre que está en los cielos. Esto nos lleva a entender que el pobre de espíritu es el que desea poco y lo desea desprendidamente, sin apegos ni ataduras.

Los agobios y las preocupaciones que tenemos en esta vida están en proporción a nuestra confianza en Dios, es decir, si llevo muchas preocupaciones, significa que me hace falta soltar y confiar en Dios. Por tanto, ser pobre de espíritu es no hacer nada fuera de la Voluntad de Dios, tener constantemente un auto despojo de las cosas y las situaciones, confiar y depender de Dios.

Jesús es manso:

Cuando no hemos logrado ser pobres de espíritu, tendremos siempre tensión y ésta la expresaremos con cierta violencia. Siempre vemos a Jesús que no se deja exaltar por las reacciones y provocaciones de sus adversarios, tiene quietud en su interior, siempre afronta toda situación con una gran quietud.

Aunque no debemos confundir lo que significa ser manso, ya que no es tener un carácter débil o ser indiferente ante la problemática que enfrentemos, sino que la persona con mansedumbre es la que tiene fuerza, valores arraigado, convicciones firmes; pero también es templada, sabia y dueña de sí misma.

Jesús es el que llora:

El amor debe ser lo que mueva nuestra vida y cuando uno ama y ama de verdad, siempre ligará su vida al otro, de ahí se van a desprender lágrimas y sufrimientos. Lo triste del asunto es que hay quienes renuncian a amar por no tener que sufrir, o bien, no se quiere afrontar el sufrimiento y entonces se buscan salidas fáciles o tubos de escape.

Una paradoja muy grande es que sufrimos y lloramos por cosas que no valen, y no lo hacemos por lo que es importante. Jesús llora y sufre porque ama, llora principalmente por la muerte, por la situación de pecado y por el rechazo de la gracia de los hombres.

Jesús está hambriento y sediento de justicia:

El hombre cree que basta saciar sus necesidades inmediatas, saciar sólo lo que pide y no lo que en verdad necesita. Jesús está hambriento de la verdad y del bien. La justicia es el inicio de la vida de la santidad, debemos, pues, estar hambrientos y sedientos de santidad, de hacer siempre el bien.

Jesús es misericordioso:

Los pecados son como las luces de los carros, nos lastiman las de los otros, pero no las nuestras. Nos molestan los pecados y las faltas de los demás, lo que nos lleva a ser justicieros y verdugos, y tapamos o enmascaramos nuestros pecados con una supuesta “justicia”. La misericordia es el primer impulso del corazón de Dios, la mayor alegría de Dios es perdonar, y a esto nos invita a que también nosotros seamos misericordiosos con los demás.

Jesús está limpio de corazón:

Muchas veces nos refugiamos en caretas, máscaras y falsas imágenes; pero en Jesús descubrimos a un hombre transparente, sin doblez alguna, que habla de frente y públicamente. Su limpieza interior nos lleva deshacernos de todas nuestras impurezas, en obra y en pensamiento, ya que cuando no hay limpieza siempre juzgamos y, al juzgar, estamos proyectando nuestra suciedad interior.

Jesús, el luchador por la paz:

Una tentación muy común es la invocación de la tolerancia para una falsa paz, decimos: “déjenme en paz”. La paz no surge cuando se fuerza la verdad, sino cuando se ama en verdad, ya que la paz no es ausencia de conflicto o de guerra, sino experiencia del amor de Dios en el corazón.

Jesús, perseguido por causa de la justicia:

Los profetas, los santos y el mismo Jesús tuvieron muchos problemas por buscar siempre el bien y la verdad. Una tentación común es abrirse y amoldarse al mundo con tal de no tener problemas y de no ser perseguido. No tengamos miedo, la persecución es signo de la construcción del Reino.

Close