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Tengo malos pensamientos ¿Es pecado?

Yo creo que todos hemos experimentado a diario diferentes momentos en los que los malos pensamientos se hacen presentes, generando una infinidad de emociones y reacciones. Cuando esto pasa ¿Estamos cometiendo pecado, por el puro hecho de pensarlos? Descubrámoslo en este artículo.

Los llamados “malos pensamientos”, muchas veces pensamos que sólo se refieren a las acciones impuras, y no es así, sino que son todos los pensamientos de enojo, de odio, de coraje o de envidia, así como también los impuros. Éstos despiertan nuestros deseos y traen a la memoria recuerdos y emociones con el fin de generar placer de tipo sexual. La mayoría de las ocasiones se presentan inconscientemente, es decir, que llegan sin avisar.

Tener malos pensamientos no es pecado, en el sentido de que si solos llegaron y tú no los provocaste, no pasa nada, no es pecado. Lo es, en cambio, si nosotros los provocamos, o bien, si una vez que llegaron solos, les damos nuestro consentimiento y nos recreamos en ellos.

Debemos aprender a desechar esos pensamientos, justo en el momento en el que llegan, ya que si al manifestarse en nuestra mente nosotros decidimos caer en su juego y los aceptamos, permitiendo que crezcan y permanezcan por más tiempo, provocando otros deseos más profundos, ya estamos cometiendo una falta.

Por lo tanto, si somos conscientes de que esos pensamientos están allí y sabemos lo que significan, debemos rechazarlos y dirigir nuestra mente hacia algo bueno. Si hacemos esto, no caemos en pecado, pues existe la intención y la acción de rechazarlos.

Hay quien dice que los malos pensamientos que son consentidos no son pecados mientras no se lleven a cabo. Pero no hay que dejarnos engañar, porque recuerda que aquello que no se puede hacer, tampoco se puede desear y recrearse en ello. Por lo tanto, un pensamiento que es consentido tiene gravedad, aunque éste no se llegue a transformar en actos, pues ambos nos alejan de la gracia de Dios. Jesús nos lo deja claro: “Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón” (Mt 5, 27-28).

El Noveno Mandamiento de la Ley de Dios dice: “No consentirás pensamientos, ni deseos impuros”. En este mandamiento, Dios nos exhorta a controlar nuestra imaginación y nuestras emociones, las cuales pueden ser incitadas a través de los sentidos.

La imaginación es un regalo de Dios, con el cual nos ha permitido hacer mucho bien para el desarrollo del mundo a través de la historia, pero si ésta no se controla y se vuelve desenfrenada, puede causar mucho daño. Podemos estar tranquilamente en nuestras actividades diarias, pero de pronto, al escuchar una canción, ver una imagen o escuchar una palabra, nuestra imaginación puede perder el piso de la realidad provocando que exista el riesgo de cumplir lo que ella nos dicte.

Debemos esforzarnos a cada momento por dominar nuestros pensamientos, evitar las ocasiones y los pretextos que nos provocan consentirlos. Hay que luchar contra ellos frente a frente, ocupando nuestra mente en cosas buenas. Pidamos la intercesión del Espíritu Santo para que nos ilumine y nos guie en nuestro pensar y actuar.

Si nos mantenemos firme en cuidar nuestra mente y nuestro corazón, seguramente gozaremos de la presencia de Dios. Es una promesa de Cristo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Que importante es hacer resaltar que esta bienaventuranza es la única que nos promete la visión de Dios.

El poder ver a Dios que nos promete la bienaventuranza, no se refiere a tener revelaciones particulares, sino que, al tener mente y corazón limpio, podrás reconocer la presencia de Dios en todas las cosas y las personas. Mientras que si tienes un corazón impuro y una mente sucia, siempre utilizarás a las personas según tu conveniencia.

Ánimo, no te desesperes, los pensamientos siempre estarán intentando alejarnos de Dios, ya que también el demonio se vale de ellos para alejarnos del plan de Dios. Pero recuerda que “Dios es fiel; no permitirá que la tentación sea mayor de lo que puedan soportar. Cuando sean tentados, él les mostrará una salida, para que puedan resistir” (1Cor 10, 13).

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