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¿Te sientes cansado, derrotado o vencido? Mira qué hizo este hombre para salir victorioso, sigamos su consejo

Alguna vez platiqué en una homilía una anécdota que me sucedió con una familia y la quiero recordar hoy. Resulta que una familia me invitó a cenar a su casa, estaban presente los papás y sus tres hijos. Cuando la cena estaba ya servida, el señor me pidió que diera la bendición a los alimentos y resulta que todos, estaban muy devotos con manos juntas siguiendo mi oración. Debo confesar que, al principio, me sorprendí un poco, pero también confieso que me dio mucho gusto.

Unos meses después, el señor me habló para invitarme a cenar porque sería el cumpleaños de su esposa, pero me dijo que en esta ocasión iríamos a un restaurante. Cuando llegué, me estaban esperando en la puerta y entramos juntos al lugar. Yo llevaba puesta mi camisa de alzacuello, y cabe mencionar que el lugar estaba casi lleno. Cuando íbamos para la mesa, una familia saludo al señor que me había invitado y le preguntó quién era yo, me presentó muy rápido y llegamos a la mesa.

Una vez que ya habían llegado los alimentos, cosa curiosa fue que nadie me pidió dar la bendición a los alimentos, como en aquella ocasión en su casa. Pues, noté un ambiente tenso y fui yo el que les propuse, enseguida vi que el señor pronto volteó a la mesa de sus amigos con una mirada muy nerviosa e incómoda. Y entonces, cuando recé todos agachaban la mirada, nerviosos y con una voz muy tenue.

No comenté nada, pero descubrí que era una familia que sí, efectivamente vivía su fe, pero en lo escondido. Una vez que estaba en lo público, aquella piedad y fervor se les había terminado, o bien, eran indicios de que se apenaban de su fe.

Hoy precisamente podemos descubrir en la primera lectura de la Carta que Pablo le escribe a su discípulo Timoteo, que Pablo se encuentra satisfecho, contento y bendecido por el llamado que Jesús le hizo y que, aunque está preso por causa del Evangelio, no se avergüenza ni se arrepiente de su fe. La lectura es de 2Tim 1, 1-3.6-12:

Pablo, apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, conforme a la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido. Te deseo la gracia, la misericordia y la paz de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro. Cuando de noche y de día te recuerdo en mis oraciones, le doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia pura, como lo aprendí de mis antepasados. Por eso te recomiendo que reavives el don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos. Porque el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de moderación.

No te avergüences, pues, de dar testimonio de nuestro Señor, ni te avergüences de mí, que estoy preso por su causa. Al contrario, comparte con- migo los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenido por la fuerza de Dios. Él nos ha salvado y nos ha llamado a llevar una vida santa, no por nuestros méritos, sino por su propia determinación y por la gracia que nos ha sido dada, en Cristo Jesús, desde toda la eternidad.

Esta gracia es la que se ha manifestado ahora con el advenimiento de nuestro salvador, Jesucristo, quien ha destruido la muerte e irradiado la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio, del que he sido nombra- do predicador, apóstol y maestro. Por este motivo soporto esta prisión, pero no me da vergüenza, porque sé en quién he puesto mi confianza, y estoy seguro de que Él con su poder cuidará, hasta el último día, lo que me ha encomendado.

Lo primero que me llama mucho la atención es desde dónde está escrita esta carta. Hay que recordar que Pablo en ese momento se encontraba en la cárcel, cansado pero no derribado, lleno de energía y fuerza para seguir predicando desde ahí y que, aunque todos lo habían abandonado, él sabe que Jesús no lo había abandonado ni lo haría jamás.

Al inicio de la carta es sorprendente el saludo de Pablo, quien se presenta precisamente como apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, ya que vemos la convicción que reina en él de haber sido llamado por Dios a esta misión. Tal seguridad de su llamado lo lleva a luchar de una manera incansable por la misión que Dios le confía. Cuántas veces nos sucede a todos, sacerdotes, religiosos, matrimonios y muchos jóvenes, que ante la primera dificultad o desavenencia que sufrimos, hasta dudamos de nuestra vocación, o bien, del llamado que Dios nos ha hecho.

Debemos enamorarnos del plan que Dios tiene para cada uno de nosotros y saber que, en ese plan maravilloso, él nos da fuerza y nos lanza para que seamos testigos creíbles de su amor, pero para esto debemos vivir en plenitud la gracia del Señor, ya que escuchamos el consejo que Pablo le da a Timoteo para poder alcanzar la fidelidad, ya que le dijo: “aviva el fuego de la gracia”.

Lo anterior nos invita a acercarnos a Dios, si en nuestra vida sufrimos y no vemos la salida, probablemente estemos encerrados en nuestro problema, en nuestra herida, en la dificultad del pasado, y hemos perdido la esperanza. Si esto sucede, es necesario que corramos con el torrente de la gracia y la esperanza.

Termino citando las palabras de Pablo: “no me siento derrotado, sé de quién me he fiado”. Ojalá que esas sean también las palabras de cada uno de nosotros, que en medio de nuestras tribulaciones, desgastes y cansancios; nos acerquemos a Dios y nos fiemos de él, quien es el que nos ha llamado para ser sus discípulos.

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