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Seamos de carácter recio y decidido como Pedro y valiente y entregado como Pablo

Hoy estamos celebrando la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, dos grandes pilares de la Iglesia y dos grandes apóstoles de Jesús. Qué hermoso es ver cuando alguien decide responder al llamado que Cristo nos hace de seguirlo, ya que vemos a estos dos hombres con una fuerte relación de amistad con Jesús, además fueron elegidos para una importante misión, ellos a su vez supieron responder y dieron testimonio de Cristo.

Celebrar a San Pedro y San Pablo, las dos grades columnas de la Iglesia, nos debe llenar de profunda alegría y esperanza. Alegría porque vemos que Jesús sigue llamando a personas para transformarles la vida y hacerlos sus testigos en este mundo. Pedro fue el hombre elegido por Cristo para ser la roca de la Iglesia; y Pablo, quien fue alcanzado por la gracia de Dios, se convierte en Apóstol de los gentiles.

¿Quién era Pedro? Sabemos de él que fue uno de los apóstoles, llamado por el mismo Jesús, su nombre era Simón, pero Jesús lo llamó Cefas que significa piedra, y le dijo que él sería la roca sobre la que edificaría la Iglesia. Bien sabemos que se dedicaba a la pesca, y aceptando dejar esta barca, decidió seguir al Señor para ser desde ese momento en adelante, pescador de hombres.

La historia del llamado y la misión de Pedro, me hace pensar que cuando Jesús pone sus ojos en el corazón de cada uno de nosotros, lo hace mirando toda nuestra persona, ya que Pedro era un hombre de carácter muy duro e impulso, pero luchón. Le costaba entender cuando el Señor habla de sacrificio, renuncia y cruz, incluso sabemos que él mismo hasta le propuso a Jesús un camino más fácil.

Pedro recibió muchos regalos, ya que le tocó presenciar muchos hechos importantes de la vida de Jesús: estuvo en la Transfiguración en el Monte Tabor, fue testigo de numerosos milagros de parte de Jesús, lo vio caminando sobre las aguas, estuvo presente cuando aprehendieron al Maestro, recibió al Espíritu Santo en Pentecostés, a él también le tocó realizar muchos milagros en el nombre de Jesús. Finalmente, pidió ser crucificado de cabeza, porque no se sentía digno de morir como el mismo Jesús.

La vida de Pedro tiene mucho que enseñarnos, primeramente, que cuando un hombre se deja transformar por Dios, no importa de qué barro estés hecho, Él puede hacer grandes cosas en quien se deja transformar. A pesar de nuestras debilidades y fragilidades humanas, Dios nos ama, siempre nos mira con misericordia y nos llama constantemente a la santidad. Con todos los defectos que Pedro tenía, logró su misión y alcanzó a conquistar la santidad, esto nos enseña que, aunque hayamos negado al Señor con nuestros pecados, siempre tenemos una nueva oportunidad, debemos levantarnos, volver a confiar y luchar todos los días por la santidad.

La vida del Apóstol Pablo, a mí en lo personal, me maravilla muchísimo y es uno de mis favoritos, ya que es un hombre que nos enseña cómo ser apóstoles, nos impulsa a salir a anunciar a tiempo y a destiempo a Cristo, en cada lugar, sin importar el lugar ni la hora.

De Pablo sabemos que, cuando iba camino a Damasco y el Señor Jesús lo tumba del caballo, le dice que vaya a Damasco y ahí se le indicará qué debe de hacer. Pablo es obediente, sabe esperar, y nos enseña con ello el valor de la auténtica conversión, ya que supo hacer a un lado toda su antigua vida de pecado, supo morir y renunciar a todo, con tal de ganar a Cristo y vivir sólo para Él.

En lo personal, esto me lleva siempre a preguntarme ¿Con qué intensidad amo al Señor? ¿Hemos sido capaces de renunciar a todo con tal de amar al Señor más que a otra cosa? El mismo San Pablo decía: “por él perdí todas las cosas; incluso las tengo por basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8).

Pablo, una vez que se encontró y conoció a Jesucristo, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio, fue un apóstol incansable. Era consciente de la gran responsabilidad que Dios había depositado en él, que incluso llegó a exclamar: “Ay de mí si no evangelizare” (1Co 9, 16).

Que todo esto nos impulse a amar nuestro bautismo, ya que por él todos somos llamados a ser testigos de Cristo. Y recuerda que no podemos ser testigos de algo que no hemos conocido, por eso quisiera terminar haciéndote la pregunta que Jesús, en el evangelio de hoy tomado de Mt 16, 13-19, le hace a sus discípulos: “Y ustedes ¿quién dicen que soy yo?”. A esta pregunta sólo podremos responder cuando hayamos tenido un verdadero encuentro personal con el Amor de Dios.

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