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¿Quieres paz y tranquilidad? Hoy te digo dónde encontrarla

Todos buscamos siempre un momento de reposo y tranquilidad, algo que te ayude a estar en paz. En un mundo tan agetreado, con muchas responsabilidades, afanes, tareas y demás… es difícil encontrar momentos de tranquilidad. Por eso hoy quiero recomendarte un libro buenísimo que te ayudará para eso.

El libro de “La paz interior” del autor Jacques Philippe. Es un libro breve pero muy sustancioso, ya que el contenido que nos presenta es lo esencial que debe alcanzar todo cristiano que quiere llegar a la santidad de vida. Ya que la paz interior, es decir, la del corazón, es condición fundamental para poder escuchar y vivir unidos a la Voluntad de Dios y, por ende, alcanzar la santidad. Te voy a reglar un resumen que he realizado para que te motive a leerlo entero.

La obra está dividida en tres capítulos, a saber: la paz interior, camino de santidad; cómo reaccionar ante lo que nos hace perder la paz; y lo que nos dicen los santos acerca de la paz interior. La tesis principal de toda la obra es que la paz interior se logra a través del encuentro perseverante, íntimo y personal con Dios para lograr hacer siempre y en todo su Voluntad y, por ende, vivir en santidad de vida.

En la primera parte del libro se nos expone que vivimos en un mundo donde la comunicación en los medios digitales han creados diversas necesidad en las personas, lo cual hace de nuestra época un tiempo de muchas agitaciones y preocupaciones; por lo que la búsqueda de Dios también se quiere dar de una manera agitada y poco serena. Por ello, el autor invita a estar convencidos de que todo el bien nos viene únicamente por Dios. Pero en muchas ocasiones no le dejamos que actúe en nuestra vida y mientras eso no suceda, no daremos ningún fruto.

El fruto en la vida espiritual viene de la vivencia de la paz en nuestro interior, ya que todo el bien que se pudiera hacer es un reflejo del Bien esencial que es Dios. Nunca se nos invita a una pasividad, sino a que, bajo el impulso del Espíritu de Dios, nos debemos mover por su inspiración para obrar según su querer. Me llama la atención que el autor dice que “únicamente el hombre que goza de esta paz interior puede ayudar eficazmente a su hermano”, y es verdad, ya que sólo cuando Dios mora en nuestro interior y nos da su paz podemos hacer el bien a los demás.

La paz interior se comienza a adquirir a través de la práctica asidua y confiada de la oración. Todo cristiano estará siempre en una lucha espiritual, la cual sólo se puede ganar con el arma de la oración. Santa Catalina de Siena considera que “sin guerra no hay paz”, ganemos esta guerra con las armas de la oración, ya que en la vida espiritual no se combate con las propias fuerzas, sino con las del Señor.

Una vez que se ha emprendido el camino espiritual, el demonio querrá siempre alejarnos de ese camino que nos acerca a Dios, y lo primero que hará será robarle la paz interior, ya que es lo que asegura una victoria final, ya que sin ella no se puede escuchar a Dios. Nunca caigamos en la tentación de creer que vencer el combate es librarnos de todos nuestros defectos y pecados, al contrario, es aceptar todos nuestros fallos sin desanimarnos, sin perder la paz del corazón y a saber aprovechar de todas esas faltas con la confianza en el Padre que siempre está allí para levantarnos. El autor considera esto, que el verdadero combate no es conseguir siempre la victoria, sino aprender a conservar siempre la paz del corazón.

Nunca anhelemos la paz al modo como el mundo la concibe, sin luchas ni tropiezos, sino con la confianza que Dios siempre nos acompaña e nuestras luchas. Nunca debemos alejarnos de la Voluntad de Dios, ya que se requiere buena voluntad para poder obtener dicha paz interior; lo que nos debe llevar a trabajar arduamente por una conversión constante de nuestra vida, ya que sólo en la cercanía de Dios podemos lograr alcanzar tan anhelada paz interior.

En el segundo apartado de la obra el autor nos previene acerca de cómo reaccionar ante lo que nos hace perder la paz. Se nos alerta a que uno de estos motivos de perder la paz es por el temor a ciertas situaciones que nos afectan personal haciendo que nos sintamos amenazados. Nunca tenemos garantía de obtenerlo todo, pero sí de que Dios nos da la fortaleza necesaria para ello, por tanto sólo debemos apoyarnos con una absoluta confianza en Él.

La desconfianza que el hombre experimenta en su vida proviene de la huella del pecado original que lleva en su corazón. Debemos vencer esta barrera experimentando el amor de la Providencia y, por ende, confiarnos abandonándonos en ella. Uno de los mayores obstáculos para el abandono es la presencia del dolor en nuestra propia vida y en el mundo que nos rodea. Debemos tener siempre la concepción de que Dios permite que nos falten cosas, pero nunca nos dejará privados de lo esencial, su presencia. Como dice Teresa de Lisieux, “Dios no permite sufrimientos inútiles”. Por tanto, no nos desgastemos intentando desterrar el dolor de nuestra vida, ya que no podremos hacerlo y nos frustraremos.

A ejemplo del hijo que confía ciegamente en su padre, así el cristiano debe orar confiado en la compañía de Dios siempre. Para lograr lo anterior el autor nos recomienda ampliamente la contemplación, ya que sólo con una mirada fija en Jesús se puede llegar a confiar plenamente en Él. Además, el corazón sólo despierta a la confianza si despierta al amor, y tenemos necesidad de experimentar la dulzura y la ternura del corazón de Jesús.

Para lograr una eficacia en la entrega debemos dar un salta en la fe y practicar un abandono completo, ya que si no nos abandonamos absolutamente no podremos experimentar completamente la confianza en Dios. Nuestro autor afirma que “la medida de nuestra paz interior será la de nuestro abandono, es decir, la de nuestro desprendimiento”. Nunca se nos olvide que el que acepta la renuncia, es el desprendimiento necesario para encontrar la vida verdadera.

Nunca debemos obstaculizar la actuación de Dios en nuestras vidas. Siempre vayamos con la concepción de que Él nos pide todo, un desprendimiento efectivo de nuestra realidad, lo cual en la medida de nuestra generosidad en ese desprendimiento, iremos obteniendo la verdadera paz interior.

Cuando en nuestro alrededor nada salga como nosotros queremos, o cuando anhelamos que las cosas cambien y no obtengamos un resultado positivo, debemos aprender que no son las circunstancias exteriores las que han de cambiar: en primer lugar ha de cambiar nuestro corazón, purificándose de su encierro, de su tristeza, de su falta de esperanza, y comenzar a ver que Dios siempre está presente atendiendo las necesidades de todos los hombres. Por más legítimo que sea nuestro dolor, armémonos de esperanza y no perdamos nunca la paz.

El autor nos previene de una tentación frecuente, el de implicarnos en el dolor ajeno que no siempre es el adecuado, ya que a menudo procede más del amor propio que de un verdadero amor al prójimo. Nos previene de alejar el sufrimiento ajeno pero por temor a sufrir también nosotros, faltará ahí una gran confianza en Dios. Me llama mucho la atención que dice el autor que “para que la compasión sea verdaderamente una virtud cristiana debe proceder del amor y no del temor”. No debemos irnos nunca al otro extremo de la indiferencia ante las personas que sufren, sino que siempre nos ejercitemos en un clima de abandono y confianza en las manos de Dios.

Cuando sufrimos por vislumbrar los defectos de los demás, también debemos soportarlo con confianza y plena esperanza en que Dios ayudará a que todo se solucione; nunca se debe perder la paz, siempre la respuesta ante cualquier situación será la misma, a saber: confianza y abandono. Nunca olvidemos siempre rectificar nuestras intenciones, ya que el problema no sólo está en lo que queremos, sino en cómo lo queremos, incluso eso mismo nos hace perder mucho la paz. San Francisco de Sales nos exhorta diciendo que “nada retrasa tanto el progreso en una virtud como el desear adquirirla con demasiado apresuramiento”.

Por todo lo anterior, debemos llenarnos de una buena dosis de esperanza y paciencia, para ir permitiendo que Dios obre en nuestras vidas y en la vida de todos los que nos rodean. Si la prueba nos sorprende y fallamos, evitar la tristeza de la caída y el desaliento por la falla. Siempre recordemos que muchas veces el dolor que se ha producido en nuestro interior es no tanto por lo que cometimos, sino por que nuestro orgullo ha quedado herido y lastimado. Tengamos la confianza en Dios, ya que Él puede sacar siempre el bien incluso de nuestras faltas. Nunca olvidemos que toda vida depende siempre de la misericordia de Dios, dejémonos que su amor purifique toda nuestra vida, ya que Santa Teresa de Lisieux decía que “el fuego del amor purifica más que el fuego del purgatorio”.

Finalmente, en la última parte de la obra, el autor nos presenta algunas aportaciones significativas de ciertos autores respecto del tema. Juan de Bonilla considera que la paz es un camino hacia la perfección, el cual tendrá siempre como fundamento la humildad. Por parte, San Francisco de Sales nos invita a que todos los pensamientos que nos causan inquietud y agitación del alma no son en absoluto de Dios, y nos da tres consejos muy útiles para conseguir la paz, a saber: tener en todo la única intención de buscar la honra de Dios y su gloria; hacer lo poco que podamos siempre con el consejo del padre espiritual; y dejar que Dios siempre se encargue del resto. Nunca nos precipitemos por alcanzar nuestras metas, aún por buenas que sea, ya que eso producirá impaciencia y, por ende, la pérdida de la paz interior.

Santa Teresa de Jesús recomienda siempre estar en constante discernimiento para saber si nuestras acciones proceden de una verdadera o una falsa humildad. La humildad no inquiera ni desasosiega el alma, por grande que sea; sino viene con paz, regalo y sosiego. Por su parte, Francois-Marie-Jacob Libermann nos anima a que el alma encontrará su fuerza, su riqueza y su plena perfección en el Espíritu de Nuestro Señor, por tanto, siempre abandonarnos a lo que Él quiere de nosotros. Advierte a que nunca midamos nuestro amor al Señor por la sensibilidad, sino siempre abandonarse totalmente a Él aunque no haya sentimiento alguno para hacerlo. Finalmente, nos recomiendo no inquietarse por las caídas pasadas o presentes, tener mucha paciencia, dejar actuar al Espíritu de Dios en la vida cotidiana y moderar los deseos que la vida nos vaya presentando.

Finalmente, San Pio de Pietrelcina recomienda el que alma no debe entristecerse más que por un motivo, la ofensa a Dios. Dice que la paz es el orden, la armonía en cada uno de nosotros, una alegría constante que nace del testimonio de una buena conciencia, la santa alegría de un corazón en el que reina Dios.

Considero que la lectura de este libro ha sido muy provechosa para mi ministerio, ya que nunca dejaremos de estar expuestos a la tentación, a dejarnos llevar por nuestros impulsos y a perder fácilmente la paz interior. Me ha motivado mucho para buscar siempre y en todo la paz de Dios en mi corazón, la cual procede de la oración íntima, la confianza y el abandono en su Voluntad.

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