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¿Qué implica ser sal y luz del mundo? Aquí podríamos encontrar una raíz del ateísmo

Ayer escuchábamos el camino de las bienaventuranzas, un camino que visto desde la óptica del mundo, parece absurdo e irrealizable por nosotros; pero que contemplado desde la óptica de Dios, es un camino que santifica, da felicidad y da vida. Hoy se nos habla de qué es lo que sucede en nuestra vida cuando recorremos estos caminos de las bienaventuranzas, seremos sal que de sabor, seremos luz que ilumine a otros y seremos como la ciudad, punto de referencia para otros.

Las tres imágenes que hoy nos presenta el Evangelio de Mt 5, 13-16, la de la sal, la de la luz y la de la ciudad en lo alto de un monte; tienen por objetivo recordarnos nuestra misión en esta vida: dar testimonio creíble de nuestra fe.

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son la sal de la tierra. Si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Ya no sirve para nada y se tira a la calle para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida en lo alto de un monte; y cuando se enciende una vela, no se esconde debajo de una olla, sino que se pone sobre un candelero para que alumbre a todos los de la casa. Que de igual manera brille la luz de ustedes ante los hombres, para que viendo las buenas obras que ustedes hacen, den gloria a su Padre, que está en los cielos”.

Con la imagen de la sal se nos invita a darle sabor al mundo. Recordemos que la sal se utiliza para dar sabor y para evitar la corrupción de los alimentos. Si los alimentos están sin sal, pues no tienen sabor, se vuelven insípidos y desabridos. ¿Quién es ese cristiano que da sabor al mundo como la sal? Pues el que vive las bienaventuranzas que escuchábamos ayer en el evangelio: el pobre de espíritu que confía en Dios y no tiene apegos en esta tierra, su riqueza está en Dios; el que no es violento sino misericordioso y que perdona siempre, el constructor de la paz y el que busca que siempre reine la justicia.

Para dar sabor al mundo necesitamos vivir el Evangelio en carne propia, necesitamos deshacernos en medio del mundo. La sal, afuera de los alimentos, no da sabor, necesita deshacerse, meterse al alimento para darle sabor. Esto mismo sucede con nosotros los cristianos, si sólo miramos las realidades heridas de nuestro tiempo por afuera, por encimita, no sucederá nada, no daremos el sabor que Dios nos pide dar.

Además, nunca olvidemos que nos pide ser sal, no azúcar, es decir, no venimos a endulzar, a quedar bien, sino a dar sabor. Y para esto, debemos utilizar la medida exacta y necesaria, ya que poniendo la cantidad exacta se sazona y se da un buen sabor, pero, por el contrario, cuando pones sal de más, la comida también se echa a perder. Debemos poner lo exacto, preservar las verdades del Evangelio, pero en la justa medida, respetando los límites y a las otras personas.

También nos invita el Evangelio a ser luz del mundo, es decir, debemos iluminar al mundo según el Evangelio. No debemos deslumbrar o lamparear, sino iluminar, y esto sólo lo haremos en la medida en que nuestras palabras, nuestras obras y nuestro testimonio sea vivo y coherente.

Muchas veces han llegado conmigo muchos padres de familia muy preocupados porque sus hijos se han declarado ateos, dicen que por ninguna razón creen en Dios. No saben si son ideas que se las han metido en la escuela o los amigos. Pero yo considero que muchas veces lo primeros promotores del ateísmo somos los cristianos insípidos, los cristianos escondidos, los cristianos incoherentes, los cristianos que sólo lampearan pero no iluminan.

Y para afirmar esto me baso en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes sobre la Iglesia en el mundo actual, ya que en el número 19, en donde se nos habla de las formas y las raíces de ateísmo, ahí dice lo siguiente:

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.

Así que no le echemos la culpa a los filósofos o pensadores, los más grandes enemigos del cristianismo y promotores del ateísmo, somos los malos cristianos, los cristianos incoherentes.

Por eso, hoy debemos preguntarnos si somos granos de sal que dan vida y sabor a los demás, si somos luz que orienta e ilumina la vida de nuestros hermanos y si somos puntos de referencia como la ciudad puesta en lo alto para quienes buscan un rumbo en sus vidas.

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