Reflexiones

¿Qué dice la Iglesia acerca de la cremación y de tirar las cenizas al mar?

Cremación o inhumación

Cuando una persona muere, siempre preguntamos cuál será el destino que tendrán sus restos. Decidirse por la cremación o la sepultura dependerá muchas veces de la última voluntad del difunto o de la familia del fallecido. Hay muchos que, tras ser cremados, optan por esparcir sus cenizas en el mar o en algún otro lugar, o incluso conservarlas para sí. Pero como católicos ¿qué es lo correcto? ¿La Iglesia lo permite? Vamos a conocer la verdad.

Desde tradiciones antiguas podemos descubrir que la costumbre señala que debían ser enterrados. Los egipcios por ejemplo, embalsamaban a los difuntos al igual que otras culturas. Al ser una práctica común entre los judíos, los primeros cristianos también inhumaban a sus muertos, pues la creencia cristiana considera que el cuerpo es templo del Espíritu Santo. Por lo tanto, la cremación era vista como una práctica pagana y una negación total a la resurrección.

No fue sino hasta 1963 que la Iglesia, a través de un decreto del Santo Oficio, permitió la cremación sólo en circunstancias específicas, siempre y cuando aquellas que lo motivaran no fueran contrarias a la fe cristiana, aunque se seguía prefiriendo la inhumación. El Código de Derecho Canónico establece actualmente este criterio: “La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana” (CEC 1176 § 3).

La razón por la que la Iglesia prefiere la inhumación es que en el sacramento del bautismo nuestro cuerpo fue marcado con el sello de la Trinidad, convirtiéndose así en templo del Espíritu Santo. Por lo que los cristianos respetan y honran los cuerpos de los difuntos (Cf. N° 19 de la Orden de funerales cristianos), siendo considerada también una obra de misericordia corporal.

Actualmente, la cremación se ha hecho cada vez más frecuente. Muchos de los motivos responden al costo, la falta de espacios o cuestiones de distancia. Así lo establece la Instrucción Ad resurgendum cum Christo, acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación: “Cuando razones de tipo higiénicas, económicas o sociales lleven a optar por la cremación, ésta no debe ser contraria a la voluntad expresa o razonablemente presunta del fiel difunto, la Iglesia no ve razones doctrinales para evitar esta práctica, ya que la cremación del cadáver no toca el alma y no impide a la omnipotencia divina resucitar el cuerpo y por lo tanto no contiene la negación objetiva de la doctrina cristiana sobre la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo” (N° 4).

Si se opta por llevar a cabo la cremación, el depósito de las cenizas debe hacerse enterrándolas en una tumba o mausoleo, o bien, colocadas en nichos diseñados para almacenar los restos. Esto ayudará a tener siempre presente el recuerdo del difunto, evitando así la falta de respeto, malos tratos o prácticas inconvenientes o supersticiosas.

La práctica de esparcir los restos por el mar o en cualquier lugar al aire libre está totalmente prohibida, incluso si así fuera la última voluntad del difunto. La Iglesia es muy clara en esto: “Para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación”. (N° 7 del Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación).

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