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¿Por qué llegan las pruebas, los sufrimientos y las tentaciones? ¿Cómo superarlas?

Qué difícil nos resulta entender las contrariedades de la vida, las pruebas que experimentamos, los problemas con los cuales nos topamos. Qué duro experimentar el fracaso en un trabajo, la infidelidad en el matrimonio, la traición de un amigo o la pérdida de un ser querido. Hoy el Señor nos reconforta en la Carta de Santiago, haciéndonos descubrir que las pruebas de la vida nos ayudan a fortalecernos en la fe. La reflexión la tomaré de St 1, 1-11:

Santiago, siervo de Dios y de Jesucristo, el Señor, saluda a las doce tribus, dispersas por el mundo. Hermanos míos: Cuando se vean asediados por toda clase de pruebas y tentaciones, ténganse por dichosos, sabiendo que las pruebas a que se ve sometida su fe les darán fortaleza, y esta fortaleza los llevará a la perfección en las buenas obras y a una vida íntegra e irreprochable. Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, que se la pida a Dios y Él se la dará; porque Dios da a todos con generosidad y sin regatear. Pero tiene que pedírsela con fe y sin dudar; pues el que duda se parece a las olas del mar, que van y vienen, agitadas por el viento.

Quien es inconstante e indeciso en su vida, no recibirá nada del Señor. Que el hermano de condición humilde esté orgulloso de su alta dignidad, y el rico, de su humilde condición, pues se acabará como las ores del campo. Porque sale el sol y con su calor quema las hierbas; se caen las ores y se acaba su belleza. Así se marchitará el rico, en medio de todas sus empresas.

Esta es una carta que estaremos leyendo durante dos semanas, en donde vamos a descubrir una serie de exhortaciones muy concretas para nuestra vida diaria, hoy en específico se nos habla de la fortaleza que debemos tener en las pruebas diarias. Lo que hoy el Señor nos dice nos ayuda a entender que las pruebas de la vida nos ayudan a purificarnos, a crecer en la fe y a dar solidez a nuestro seguimiento de Cristo.

No debemos confundirnos y pesar que Dios nos pide que nos busquemos problemas o que seamos nosotros los que suscitemos los sufrimientos, sino que ellos llegarán solos, en el momento adecuado para nuestra maduración en la fe. Lo que más nos ayuda en el momento de la prueba o de la tentación es orar, ya que en ese diálogo de amor, Dios nos da todo lo que necesitamos, pero como dice Santiago, hay que pedirlo con fe y sin dudar.

Pero ¿qué sucede generalmente en las pruebas? Nos llega la desesperación, nos sentimos solos y abandonados, y lo que sale del corazón son gritos de desesperación a Dios, pronto abandonamos el trato en la oración y nos metemos en situaciones que no nos ayudan. Hoy mismo nos dice lo que le espera a la gente desesperada y que no persevera: “Quien es inconstante e indeciso en su vida, no recibirá nada del Señor”.

Muchas veces pensamos que las pruebas, las tentaciones o los sufrimientos sólo lo llegan a las personas como un castigo de Dios o como consecuencia de estar alejados de Él. Pero hoy, con lo que nos describe Santiago, nos damos cuenta de que no es así, sino que son una oportunidad para todo cristiano para madurar y templarnos en la fe. Además, es el momento también donde mejor podemos reconocer el amor y la misericordia de Dios.  

Cuando no logramos ver más allá de nuestros sufrimientos y no llegamos a descubrir esa presencia de Dios nos sucederá lo que hoy narra el Evangelio, tomado de Mc 8, 11-13, en donde vemos que los fariseos se acercaron a Jesús para pedirle una señal del cielo, aunque bien sabemos que Jesús les dijo que a esta gente no se le iba a dar ninguna señal.

En los momentos de la prueba ¿quién no le ha pedido un milagro al Señor? Todos queremos experimentar de manera palpable el amor que el Señor nos tiene, todos quisiéramos sentir la presencia de Dios en nuestras vidas. Muchas veces le hemos gritado en el fondo de nuestro corazón ¿Dónde estás Dios que no te siento? Le pedimos señales para descubrir su presencia en nuestras vidas.

Una de las más grandes tentaciones del hombre es buscar siempre y en todo momento los milagros del Señor, el de basar nuestra fe en la manifestación espectacular de Dios. El exigirle al Señor milagros para aceptar la fe, no es sino un pretexto más para permanecer en la incredulidad y en la falta de compromiso para un cambio verdadero.

Hay que ser fieles al Señor y no buscar los milagros, ya que ellos llegan solos. Fortalezcamos en las pruebas a través de la oración y aprovechemos cada situación que Dios permite para madurar en nuestro encuentro con el Señor.

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