Estamos haciendo la recensión de dicho documento emitido por la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, el cual trata acerca de la eutanasia.  En este documento se abre con una breve introducción, luego se trata la importancia que tiene el valor de la vida humana, ya que es importante esto como fundamento para, luego, abordar el tema propiamente de la eutanasia. Se dan pautas pastorales para que se pueda sobrellevar en la vida del cristiano el sufrimiento a la luz de Cristo Resucitado. Finalmente, se aborda el uso de los medios terapéuticos, los cuales deben favorecer el nivel de vida de las personas.

El Concilio Vaticano II se ha propuesto reafirmar el valor inestimable de la dignidad de la persona humana y del derecho de ésta a la vida. Es por ello que ha denunciado todo tipo de homicidios contra la vida como son los genocidios, el aborto, la eutanasia o el suicidio. Es importante partir del fundamento de que la vida es un don sagrado dado por Dios gratuitamente a cada ser humano.

A lo largo de los años, los progresos de la medicina han hecho que surjan diversos cuestionamientos, lo cual lleva a que la cultura influya en la manera de considerar el sufrimiento y la muerte misma. El sufrimiento debe ser llevado y vivido desde la esperanza puesta en Cristo, quien con su pasión, muerte y resurrección da un nuevo significado a la vida y al sufrimiento cristiano.

Todo ser humano, al poseer el regalo más preciado de Dios, que es la vida, está llamado a aprovecharlo y hacerlo fructificar, nunca atentar contra la vida de nadie. Todos debemos abrirnos al plan que Dios tiene para cada uno, encontrando su plenitud en la vida eterna, por ello, el documento deja claro que la muerte voluntaria es un rechazo explícito del amor de Dios.

Se habla de que la eutanasia, etimológicamente, significaba una muerte dulce. Por tanto, se referían a la eutanasia como causar la muerte con piedad con la falsa justificación de evitar al sufrimiento de la persona, o bien, para evitar sufrimientos y cargas innecesarias a la familia o a la sociedad. Debemos tener bien claro que nadie tiene la autoridad por sí mismo para causar la muerte de alguien, sin importar la situación en la que se encuentre.

En caso de que una autoridad estipule la muerte de otra persona, se estaría atentando contra la ley divina y contra la humanidad. El dolor prolongado en una persona no es justificación válida para aplicar la eutanasia, sino que es una expresión de la necesidad de amar profundamente al enfermo, una cercanía total con quien sufre de parte de quienes lo aman.

En ocasiones comprobamos que el dolor físico es biológicamente inevitable, pero en la visión cristiana, el dolor y el sufrimiento comportan una enseñanza salvífica para la persona, ya que es una anticipación de la pasión de Cristo y una unión con Él a su pasión, aunque no se está en contra de la aplicación de ciertos medicamentos para calmar, o incluso, suprimir el dolor.

Dicha declaración nos marca que la utilización de analgésicos está permitida para contrarrestar el dolor, aunque éstos al final produzcan otros efectos, pero siempre y cuando el fin de éstos sea mitigar o calmar el dolor del paciente. Se hace una clara advertencia respecto a los analgésicos que quitan la conciencia del paciente, éstos deben ser aplicados con mucho cuidado, ya que es necesario que el paciente se prepare debidamente para el encuentre final con Cristo. El Papa Pio XII puntualiza que no es lícito privar al moribundo de la conciencia sin grave motivo.

Así como tenemos derecho a la vida, igualmente tenemos derecho a morir humana y dignamente, por ello, el uso prudente y moderado de los medios técnicos es necesario. No se olvide que cada persona tiene el deber de curarse y hacerse curar, accediendo a los remedios útiles para dicho fin. Aunque nunca se debe quitar la libertad al paciente para elegir personalmente algunos remedios que no estén exentos de riesgos.

La Congregación exhorta a que a nadie se le puede imponer acudir a un medio de curación que de alguna manera dicho medio pueda ser un peligro o muy costoso. No se sienta remordimiento, ya que su rechazo no significa aceptar el suicidio, sino una aceptación total de la condición humana. Igualmente ante la llegada próxima y cercana de una muerte que no se podría evitar, en conciencia se podría rechazar, por la excesiva carga que supondría, un método de curación que proponga una prolongación precaria y penosa de la vida, la cual únicamente estaría dificultando el curso normal y humano de la vida.

Finalmente, se concluye que si la vida es un don de Dios, por ende, se debe aceptar cristianamente la muerte con toda dignidad cuando Dios así lo quiera. Debemos mostrar total caridad, ayudando a los enfermos y moribundos con los medios al alcance para la curación de ellos, o bien, para prepararse fielmente al encuentro con el Señor.