Nos encontramos ante una Encíclica que revolucionó al mundo enteró en el año de 1968 de manos de Su Santidad Pablo VI, la cual trata en general sobre la regulación de la natalidad. El Santo Padre nos recuerda la enorme tarea de los padres en el deber de transmitir la vida, en el cual se vuelven colaboradores de Dios. Cuando surge este documento del Magisterio se habían planteado ciertas problemáticas para poder cumplir con dichas obligaciones de los cónyuges.

El documento comienza advirtiendo la problemática de los cambios producidos gracias al rápido desarrollo demográfico, lo cual hoy hace difícil el mantener a un número elevado de hijos en la familia. La Iglesia, en relación con la función de los matrimonios de transmitir la vida, se convierte en custodia y a su vez en intérprete de toda la ley moral, no sólo de la evangélica, sino también de la natural, la cual es expresión de la voluntad de Dios.

El Papa Juan XXIII creó una comisión de estudio en el año 1963 para profundizar las situaciones al respecto. El Papa Pablo VI encontró al respecto que quería recoger opiniones acerca de todas las cuestiones referentes a la vida conyugal, en especial con el control de la natalidad, dando así elementos oportunos de información. Este grupo llegó a la conclusión de que no había concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer; y algunas soluciones se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio.

El documento nos habla de que cuando se analiza el problema de la natalidad, el hombre se debe considerar siempre bajo la perspectiva de una visión integral, es decir, desde su vocación de hombre no solo natural y terrena, sino sobrenatural y eterna; no somos creados para fines que terminan en esta vida, sino que tenemos un fin que trasciende y está puesto siempre en Dios.

Hablar sobre la regulación de la natalidad exige tocar lo esencial que es el amor conyugal, el cual se debe realizar dentro del matrimonio, instituido por el mismo Dios como una alianza de amor. El amor conyugal tiene las siguientes características: es un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo; es un amor total, con lo cual se comparte todo; es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte; y es un amor fecundo, que no se agota en la comunión de los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas.

El Santo Padre habla de un tema muy importante y que es fundamental, la paternidad responsable. Los aspectos que el matrimonio debe considerar antes de decidir buscar el embarazo si desea ejercer una verdadera paternidad responsable es ver las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales. Los padres deben ver sus deberes para con Dios, para consigo mismos, para con la familia y para con la sociedad. El fiel intérprete, lo marca el documento, es la recta conciencia. Los esposos no pueden nunca proceder arbitrariamente, deben actuar conforme al querer de Dios.

Dios, en su sabiduría infinita, ha dispuesto leyes y ritmos naturales de fecundidad que distancian los nacimientos, por tanto, vemos que no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales, pero cualquier matrimonio debe estar abierto a la transmisión de la vida. Los dos fines del matrimonio son: la unión y la procreación.

El Papa deja muy claro que el aborto nunca está permitido como una vía lícita para la regulación de la natalidad, aunque sea por razones terapéuticas. Igualmente, hay que excluir la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer, ya que dicha acción hará imposible la procreación.

Siempre hay que tener presente el principio de que no es lícito, ni por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien; siempre se debe respetar el orden que ha sido establecido por Dios. Por tanto, se puede tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales. Los anticonceptivos, lejos de favorecer el amor conyugal, han incrementado la promiscuidad, la frivolidad y la infidelidad en los matrimonios. Además, la Iglesia no puede mandar en esta parte moral, ya que ella no es la autora de la ley moral, natural y evangélica, sino solamente es su depositaria y su intérprete, el autor es Dios.

La Iglesia propone a los matrimonios altos valores para defender sus relaciones. El dominio del instinto sexual, mediante la razón y la voluntad libre, impone una ascética que ayuda a una donación mayor y sincera. Hay que fomentar la castidad conyugal, la cual es la que mira a la integridad de la persona y del don de la sexualidad, salvaguardando la donación mutua; aunque actualmente los medios de comunicación no la favorecen mucho porque hay una revolución sexual y se ha llegado a caer en un libertinaje.

Me llama mucho la atención el llamado que hace el Papa a las autoridades para que ayuden a resolver el problema demográfico con una cuidada política familiar y una sabia educación de los pueblos que respete la ley moral y la libertad de los ciudadanos; además de un correcto desarrollo económico y social, el cual promueva valores humanos, individuales y sociales.

No quiero dejar de pasar la fuerte y clara exhortación que hace a todos los sacerdotes el Santo Padre. Pide exponer sin ambigüedad la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, la cual debe antes ser conocida y dominada; lealtad al Magisterio; paciencia y misericordia con los penitentes y con los fieles; y que enseñen el camino de la oración y los sacramentos. Considero esto un punto muy importante porque en ocasiones se adjudican, por falta de conocimiento, permisos o atribuciones que no les corresponden y dañan las conciencias de los fieles gravemente.

Termino motivado con este documento a respetar con amor las leyes que ya Dios ha grabado en la naturaleza de cada hombre y que debemos observar con inteligencia, generosidad y amor. El documento me invita a prepararme cada día más en el área para poder ser ayuda a los matrimonios que quieren ser fieles en el camino del Señor.