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Hay hombres tan miserables, pero tan miserables, que sólo tienen dinero…

Cuando se busca alcanzar un buen puesto, ganar mucho dinero o tener éxito en la vida, se esfuerzan al máximo para conseguirlo. Pero muchas veces ya en la práctica, se vive como si para lo único para lo que venimos a este mundo es para acumular y lograr grandes empresas, pero se olvidan que no somos eternos en este mundo material, algún día vamos a morir y no nos llevaremos nada al cielo, sólo las buenas obras que se hayamos hecho.

Por eso, en la vida espiritual deberíamos esforzarnos al máximo para alcanzar la santidad, ya que entre “más cosas materiales se tienen”, entre más dinero, lujos y vienes se poseen, más vacíos se encuentran por dentro. La felicidad no se encuentra en cuánto tienes, sino en cuánto amas. Escuchemos lo que nos dice Lc 6, 20-26:

En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán. Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el Cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas. Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”.

Escuchamos un evangelio muy duro de asimilar, ya que todos queremos ser felices, pero buscamos la felicidad conforme tengamos nuestro concepto de felicidad establecido, algunos lo entienden en: riqueza y dinero, éxito y posición social, seguridad y amor, poder y dominio, sexo y placer, etc. Pero hoy Jesús nos propone un camino totalmente diferente y nuevo para alcanzar la felicidad, nos da nuevos senderos para que podamos encontrar la plenitud en nuestro corazón. 

El Señor nos habla de 4 antítesis, por un lado, llama bienaventurados, es decir, dichosos y felices, a los pobres, a los que pasan hambre, a los que lloran y a los que son perseguidos por el mundo; mientras que, por otro lado, reprocha y se lamenta de la vida de los ricos, de los que están saciados, de los que ríen y de los que son adulados por el mundo.

Estas cuatro bienaventuranzas son una fuerte invitación a desprendernos de todas esas falsas posesiones de nuestro corazón, las cuales son presentadas por el mundo como nuestra felicidad, pero en realidad no lo son, y hasta que no las eliminemos, no podremos dejar que Cristo habite en nuestro corazón, no podremos entrar en el camino del Señor hasta que no seamos verdaderamente pobres, hasta que nuestro corazón no tengo ningún tipo de apego.

El Señor, al querernos dar nuevas oportunidades para convertirnos, se vale de ciertas situaciones para sacudirnos y descubrir cuántos apegos llegamos. Estas situaciones son: ciertos fracasos, algunas enfermedades graves, retos complicados en el matrimonio, dificultades con los propios hijos o en la familia, algunas crisis económicas, o incluso, el fallecimiento de algún familiar o amigo. Todo esto lo permite para que elevemos nuestros ojos al cielo y descubramos que no somos todopoderosos y que somos caducos.

Lo triste es que, a veces llevamos tanta soberbia en nuestro corazón, que no queremos reconocer esto y es más fácil echarle la culpa a tantas cosas y personas, menos a mi actitud egoísta, avara y soberbia. Cuando estoy lleno del mundo, pero tan vacío de Dios y del amor verdadero, el cual me lleva a vivir la justicia y la caridad, me quiero sentir bueno y acallo la conciencia que me reprocha mis acciones.

Hoy el Señor nos exhorta a llevar una vida de radicalidad, ya que sólo así podremos ser signos de contradicción en el mundo. Las exigencias del seguimiento del Señor implican el sacrificio de la renuncia incluso a lo más querido, el que sigue a Cristo debería estar dispuesto a dejarlo todo por amor a Él.

Entendámoslo, los bienes materiales, el dinero, los lujos, el placer, el éxito y el reconocimiento, no nos dan la felicidad y la plenitud, sólo nos aportan cierta alegría pasajera, pero al final de cuentas, sólo nos dejan más vacíos y frustrados. Porque la auténtica felicidad está en vivir desapegado a todo.

Pidámosle al Señor la valentía para desarraigar de nuestro corazón todos los apegos del mismo y podamos actuar en libertad para amarlo a Él con totalidad y fidelidad. También pidámosle a Dios que nos de la valentía para saber renunciar a todas las falsas posesiones de nuestro corazón, saber deshacernos de todos aquellos apegos que se han instalado y que no nos dejan tener un corazón limpio y, por lo tanto, no nos permiten ver y reconocer a Dios en nuestros hermanos.

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