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¿Cuántas cadenas lleva tu corazón? Aprende cómo puedes deshacerte de ellas

Hasta hoy no he conocido a nadie que busque y se esfuerce por ser infeliz y por llevar una vida vacía y frustrada. Creo que todos tenemos un anhelo profundo de felicidad, lástima que a veces con todo lo que hacemos en la vida somos más infelices que felices. La infelicidad en el hombre se encuentra en que no se está cerca de Dios y, por lo tanto, se encuentra alejado del proyecto de amor que Dios tiene para él.

El Evangelio nos invita a regresar a lo que verdaderamente importa, a que valoremos quiénes somos, para qué estamos hechos y hacia dónde vamos en la vida, ya que lo que más importa es el amor a Dios y el amor al prójimo. Vamos a descubrir hoy que todas las cadenas que llevamos en nuestra vida y en nuestro corazón las podemos quitar a través del verdadero amor.

El trozo del Evangelio que meditaremos es de Mc 12, 28-34:

En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Jesús le respondió: “El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos”.

En este trozo de la palabra de Dios, Jesús nos deja bien claro que el mayor de los mandamientos es el amor a Dios y el amor a los hermanos. Nuestros hermanos judíos tenían más de seiscientos preceptos, y lo intentaban cumplir cabalmente; para nosotros se resumen en dos y nos cuesta muchísimo trabajo cumplirlos.

En la primera lectura Pablo sigue escribiéndole a Timoteo, en esta ocasión para motivarlo a que no haya nada que lo haga desanimarse, al contrario, lo fortalece para encontrar en las dificultades un camino de santidad, afrontándolas sin temor y poniendo toda su esperanza en Cristo crucificado.

¿Cómo podemos entrelazar las dos lecturas de hoy? En el Evangelio se nos recuerda el mandamiento del amor para el que estamos hecho, amar a Dios y a los hermanos. Pero en la primera lectura se nos motiva a perseverar, ya que muchas veces ese amor a Dios o a los hermanos se puede ver lacerado o coartado por las dificultades encontradas en el camino.

Pablo nos invita a ser verdaderos instrumentos del Evangelio perseverando en su amor y en la misión que nos confía. De hecho, me llama la atención que le dice Pablo a Timoteo: “por el que sufro hasta llevar cadenas”, esto nos da a entender que Pablo se siente privilegiado de unirse a Cristo en su propio sufrimiento, pero esto no pudiera ser posible si no viviera profundamente en el amor de Cristo.

La preocupación de Pablo no era su estado de encarcelamiento que estaba sufriendo o los padecimientos que vivía, sino que lo único que le preocupaba es que no se siguiera la evangelización, el dar a conocer a Cristo a otras personas. Pero, por otro lado, está seguro que la Palabra de Dios no está encadenada, ya que esto lo dice literalmente, además, lo exhorta a Timoteo diciéndole: “esfuérzate por presentarte ante Dios como un trabajador intachable, que no tiene de qué avergonzarse y predica fielmente la verdad”.

Creo que esta exhortación nos viene muy bien en estos días, en donde se trata de silenciar a Dios, en donde se trata de aventarlo fuera de la sociedad, fuera del matrimonio, fuera de las familias, fuera de las escuelas, etc. Queremos una vivencia light en donde Dios no esté presente y no me venga a aguadar la fiesta.

Hacen falta muchos evangelizadores de tiempo completo, quienes se esfuercen por predicar a tiempo y a destiempo, con valentía y dedicación, sin miedo y generosamente. Respecto de las palabras de Pablo de que la Palabra de Dios no está encadenada, yo me preguntaba si serían actuales hoy en día, y por supuesto que sí, nada detiene a la Palabra de Dios, nada la puede bloquear.

Pero yo reflexionaba para mí y te comparto mi reflexión personal, ya que me preguntaba qué estoy haciendo yo con mi ministerio, si hay alguna actitud que esté encadenando a la Palabra de Dios. Y esto mismo te lo pregunto a ti, en tu familia, en tu persona, en tu área laboral, en tus diversiones… ¿hay algo que está encadenando a la Palabra de Dios?

Déjame te pongo un ejemplo. Cuando nuestro testimonio no es veraz y en lugar de construir y ser modelo para los otros, les matamos la fe y la confianza, yo creo que así encadenamos a la Palabra, porque no se transmite por medio de nosotros. Cuando nuestras palabras en lugar de ser de aliento, amor, comprensión y esperanza; son palabras de calumnia, groseras o de chisme; también considero que nosotros estaríamos encadenando la Palabra, en el sentido de que no dejaríamos que toque el corazón de otras personas.

Por eso pidámosle hoy al Señor que nos permita la libertad interior, que nos deje alejarnos de todas las esclavitudes de nuestro corazón para que no seamos obstáculo para la construcción del Reino, y que podamos vivir en el amor perfecto a Dios y a los hermanos.

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