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¿Cómo salir de las experiencias de fracaso que se nos presentan?

Ayer leía una noticia, en cierto portal de internet, donde decían que 7 de cada 10 mexicanos padecen obesidad. Además argumentaban, citando a una investigación realizada en Escocia, que ciertas sustancias en el aire nos hacen subir de peso, afirmando así, que hay una estrecha relación entre el sobrepeso y el aumento de ciertos químicos en el ambiente. No tengo la más mínima idea si esta investigación sea cierta o no, pero lo que sí puedo afirmar es qué hay mucho sobrepeso y ganas de bajarlo rápido y sin esfuerzo.

Hoy en día hay muchísimos productos llamados milagro, porque te prometen maravillas, sin esfuerzo alguno, pensando que, en un abrir y cerrar los ojos, tienes el cambio que quieres. Hoy la primera lectura se me hace maravillosa porque nos habla del interés que Dios tiene en que nosotros cambiemos y nos tiene una paciencia enorme para dicho cambio. Vamos a reflexionar al profeta Jeremías, 18, 1-6:

Esto es lo que el Señor me dijo: “Jeremías, ve a la casa del alfarero y ahí te haré oír mis palabras”. Fui, pues, a la casa del alfarero y lo hallé trabajando en su torno. Cuando se le estropeaba la vasija que estaba modelando, volvía a hacer otra con el mismo barro, como mejor le parecía. Entonces el Señor me dijo: “¿Acaso no puedo hacer yo con ustedes, casa de Israel, lo mismo que hace este alfarero? Como está el barro en las manos del alfarero, así ustedes, casa de Israel, están en mis manos”.

Qué bellas palabras de amor y esperanza escuchamos hoy, ya que Dios nos demuestra la paciencia que nos tiene y nos habla de su interés por hacer de nosotros la mejor versión. Nunca nos debe quedar duda de que Dios nos quiere moldear por donde mejor nos conviene, aunque esto suponga esfuerzo, dedicación y, en ocasiones, sufrimiento.

Sabemos que el Señor toma muchas figuras o símbolos de nuestra vida para comunicarnos un mensaje. Esta figura del alfarero es muy esperanzadora, ya que nos habla de que las experiencia de fracaso no son el fin de la historia, sino una oportunidad para mejorar, ya que siempre nos podemos renovar gracias a la paciencia y al amor de Dios. Esto lo saco porque dice que el artesano puede destruir la obra y comenzar otra nueva.

Dios tiene una gran paciencia con nosotros, tal como la imagen del alfarero. Y, aunque pudiera parecer una especie de amenaza, en realidad es una promesa de amor, ya que nos recuerda que Dios nos salva, más que por nuestros méritos, por su amor total y gratuito. Ya que si las cosas no salen como él quiere y como él piensa que son mejor para nosotros, vuelve a tomar de la misma arcilla, del mismo barro y nos vuelve a modelar, no pierde la esperanza en nosotros.

Además, otro gesto que en lo personal me llena de alegría es ver cómo Dios no nos salva en montón, sino de una manera personal. Ya que el alfarero trabaja de una por una sus obras, no son hechas en serie, sino que cada una es especial. Pues con Dios sucede lo mismo, nos ama personalmente y nos guía de la misma manera. Somos originales, irrepetibles y somos hechos por amor.

Ahora viene la parte que nos causa conflicto ¿Qué tanto me dejo moldear por las manos de Dios? ¿Qué tanto y de qué forma me dejo conducir y guiar por Dios en mi vida? A veces nos vamos moldeando, pero por el mundo y por todo lo que él me exige. Siempre hay una nueva oportunidad, así como cuando la pieza no sale como el alfarero quiere, no tira eso a la basura, sino que la vuelve hacer bola y vuelve a comenzar.

De la misma manera, Dios está siempre dispuesto a volver a comenzar con nosotros, cuantas veces seas necesarias. No nos deshecha, sino que vuelve siempre a empezar, una y otra vez, lo único que Él necesita es docilidad de nuestra parte, para dejarnos moldear por sus manos. A veces el dolor y el sufrimiento van incluidos, pero son necesarios, a fin de hacer una bella obra en nosotros, que se llama santidad.

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