Hoy el Ev de Mt 2, 13-18 se vuelve a teñir de rojo, ya que nos narra la matanza de muchos inocentes por mandato del rey Herodes. Ellos, al igual que San Esteban y San Juan que vimos en los días anteriores, dieron testimonio de Cristo, si bien no de palabra, pero sí con su muerte.

Para la reflexión de hoy quiero centrarme en la figura del Rey Herodes, quien por defender el poder llegó a cometer brutales actos. Herodes era alguien que, al llegar al poder, lo ejerció no en favor del pueblo, sino a favor personal. Hoy se nos quiere hacer ver que Herodes es el prototipo de todos los sanguinarios que no dudan en lo más mínimo en sacrificar y pasar por encima de los inocentes e indefensos, con tal de resguardar el poder. Esto, lo único que demuestra, es el vacío tan grande que llevan en su interior y que no lo pueden llenar con nada, por eso abusan del poder que llevan en su persona.

Herodes temía a que Jesús, a quienes los magos de Oriente designaron como el rey de los judíos, le fuera a quitar importancia o poder. Por su temor y su ambición mandó matar a todos los niños de hasta dos años de edad. Su actuación y su política era de miedo y de abuso de poder. Esto mismo lo podemos advertir en nuestra sociedad, en nuestras, familias, hasta dentro de la misma Iglesia. Quiénes aferrados al poder abusan de el y pasan por encima de cualquier persona.

Cuándo la ambición nos ciega el corazón no vemos más allá de nosotros mismos. Herodes fue despiadado y estaba también cegado, dispuesto a lo que fuera necesario con tal de mantenerse en el poder. Flavio Josefo, reconocido historiador, aunque no narra esta masacre de los inocentes, pero que sí narra otros hechos del Rey Herodes, documentó que incluso el mismo Herodes llegó a matar: al líder Antígono y a 45 de sus hombres, a su hermanastro Aristóbulo, a su esposa Marianne, a la madre de Marianne, a sus hijos con Marrianne: Alejandro y Aristóbulo, y a muchos más que querían quedarse con su trono. ¿Si a un rey no le importó la vida de su esposa e hijos, le importaría la vida de unos niños desconocidos? Lo mismo pasa hoy, cuántos por ostentación del poder y por la ambición arraigada en el corazón cometen crímenes, y esto pasa en todos los estratos, no sólo en lo político, sino que también en los trabajos, en las familias, en la iglesia. Debemos pedirle a Jesús, Salvador de toda la humanidad, nos desprenda de todos los mezquinos intereses de nuestro corazón y así nos dejemos interpelar y cambiar por su Gracia.