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3 consejos para tomar buenas decisiones y para que tu alegría nunca se termine

Todo el tiempo en nuestra vida estamos tomando constantemente decisiones, unas más importantes que otras. Hoy quisiera comenzar haciéndote una pregunta ¿en qué te basas para tomar tus decisiones de manera inteligente? ¿hay alguien que te ayuda a tomarlas para que sean buenas?

Desgraciadamente muchas de nuestras decisiones son tomadas por el calor del momento o por diferentes intereses personales. Hoy se nos enseña que las buenas decisiones se toman en la oración, en el encuentro con Dios, quien es el que mejor sabe lo que necesitamos y lo que nos conviene.

Hoy celebramos la fiesta del Apóstol San Matías, quien fue elegido para sustituir a Judas Iscariote, quien había sido el traidor. En los Hechos de los Apóstoles hoy escuchamos que cuando murió Jesús, y tras la ascensión a los cielos, Pedro se reunió con la comunidad cristiana para nombrar un nuevo apóstol por el lugar faltante. Se propusieron dos nombres, José Barsaba, llamado Justo y Matías. Entonces se pusieron en oración para saber a quién se debía de escoger. Y sabemos que Matías fue quien sustituyó a Judas.

Esto me lleva a pensar en que muchas veces en las decisiones más importantes de nuestra vida, dejamos a Dios fuera de la jugada. ¿Cuántas de tus decisiones importantes de vida has consultado a Dios en la oración? A lo mejor ya tomada la decisión vamos a encomendársela, o bien, si fue una mala decisión y trajo problemas, vamos y le pedimos. Pero, antes de tomar las decisiones ¿dejas que el Espíritu Santo te asista y te ilumine?

Además, en el Evangelio de este día, tomado de Jn 15, 9-17, el Señor nos advierte cómo podemos y qué debemos de hacer para que las buenas decisiones que hemos tomado en la vida, no terminen mal.

Nos da 3 consejos muy prácticos para ello:

Debemos recordar cómo nos ama el Señor:

Jesús mismo nos dice: “Como el Padre me ama, así los amo yo”. Qué hermoso lo que Jesús nos dice acerca de su amor, un amor igual al de su Padre, un amor total y perfecto. Es un amor que no se divide ni escatima en su entrega, al contrario, lo entrega todo por amor a cada uno de nosotros.

No sólo basta reconocer el amor que Dios nos tiene, sino que debemos estar en el:

Esto lo digo porque se nos dice: “Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor; lo mismo que yo cumplo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”.

Jesús nos pide permanecer con Él para que así podamos dar fruto abundante. A la vez nos dice qué es permanecer, es cumplir activamente los mandamientos, ya que allí se demuestra tangiblemente el amor a Dios y a los hermanos. A veces sí permanecemos, pero en el orgullo, en el resentimiento, en el egoísmo o en la soberbia; pero no en el amor de Dios. Para permanecer en el amor de Dios es ir contra corriente, negándonos a nosotros mismos para hacer la Voluntad de Dios, aunque cueste.

El mejor ejemplo está en Jesús mismo, ya que Él dice que cumple los mandamientos de su Padre. Recuerda que en la Pasión, Jesús pidió apartar el cáliz, pero que no se hiciera su voluntad sino la de su Padre. Habrá cosas o renuncias que nos cuesten mucho, pero para permanecer debemos cumplir con amor y cabalmente los mandamientos. Si no hago esto sólo me engaño a mí mismo.

Jesús nos invita a cumplir los mandamientos para asegurarnos una fuente inagotable de alegría:

Nos dice: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea plena”. Con esto, Jesús nos está hablando de que la plenitud y la alegría la encontramos únicamente estando con Dios, haciendo y viviendo en el verdadero amor, expresado en el cumplimiento de los mandamientos.

El mundo nos da felicidad y placer, pero no la alegría de Jesús, la felicidad que el mundo nos ofrece, se nos va como agua entre los dedos, mientras que la alegría que proviene del encuentro con Dios y del cumplimiento de sus mandamientos, no se acaba ni se va.

Animémonos a permanecer con Jesús, sólo ahí encontramos la fuente inagotable de alegría, recordemos que nos dejó esto como un mandamiento: “ámense los unos a los otros, como yo los he amado”. Jesús es nuestro ejemplo a seguir, debemos amar al prójimo no a nuestra forma, sino a la manera de Dios: entregando toda nuestra vida.

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