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3 Características que debe tener tu oración para que sea eficaz

¿Sientes que tu oración no es escuchada?

Todos buscamos y necesitamos siempre respuestas, sobre todo cuando estamos pasando por ciertas dificultades que nos hacen pesado el camino. Las respuestas muchas veces no llegan en el momento en que las queremos, o bien, cuando llegan, no son como nosotros las esperamos. Esto nos lleva a pensar que nuestra oración no es escuchada.

Quiero compartirte, inspirado en el Evangelio de Mt 15, 21-28, tres características esenciales que debe tener tu oración. Nunca las olvides, pues éstas harán que tu oración sea eficaz.

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”.

Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Esta conmovedora escena del Evangelio nos presenta a esta mujer con una gran necesidad por resolver, la sanación de su hija, la cual la lleva a insistirle a Jesús obre la curación sobre ella. Recordemos que, para los judíos, los paganos estaban totalmente excluidos del “banquete mesiánico”, y esto lo sabía muy bien esta humilde y valiente mujer extranjera.

La aparente “indiferencia” de Jesús frente a ella es una fuerte invitación a ser insistentes en nuestra oración, siempre arraigados en una fe que no admite desánimos. Además, el mensaje central de este trozo del Evangelio es que la fe es la condición esencial para salvarse. Esta mujer no pertenecía al “pueblo elegido”, pero hoy se nos enseña que la pertenencia a él no se basa en la raza, en la sangre, en la cultura o el sexo; sino en la fe.

Recordemos que Jesús no excluye a nadie, los únicos que se excluyen de la salvación son los soberbios, los satisfechos de sí mismos que no aceptan de Dios la salvación. Ante una persona que sufre, hay que ayudarla, no hay que ver a qué pueblo pertenece, sino que siempre hay que ayudar, y es precisamente lo que Jesús hace siempre.

Además, la fe de esta mujer es ejemplar, ya que está llena de humildad y perseverancia. Sabe vencer las dificultades que el mismo Jesús le pone. Esto una lección impresionante, ya que nos habla de que debemos aventurarnos y quitar todo obstáculo que haya ante nuestras necesidades.

En esta escena no es que el Señor Jesús se estuviera haciendo del rogar para actuar o realizar la curación, sino que quiere poner una lección a todos aquellos que sus formalismos no les dejan perfeccionar su fe. Ya que quizá, la oración de muchas personas alejadas que “no saben rezar litúrgicamente” como nosotros, pero que se dirigen al Señor desde lo más profundo de su ser es más agradable al Señor que nuestros cánticos y plegarias hechas rutinariamente y sin entusiasmo. La oración verdadera, la que parte del corazón es una oración espontánea pero auténtica.

Por eso, debemos aprender que lo importante en nuestra oración es hacerla con tres características: con fe, humildad y perseverancia. De hecho, recuerda lo que dice Mt 10, 22: “sólo aquel que perseveré hasta el final, ese se salvará”. No desfallezcamos, si no hemos recibido lo que hemos pedido en la oración, quiere decir que la hemos hecho mal, sin fe, o bien, Dios sabe que lo que le pedimos no nos conviene para la salvación, ahí seamos humildes y no queramos hacer nuestra voluntad sino la del Señor.

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